Estábamos a finales de año escolar, mi cuarto año dando clases en el Yaocalli. Recuerdo los largos pasillos, esos pasillos que había recorrido tantas veces como alumna y que ahora recorría como maestra. Era el Yaocalli, no "mi" Yaocalli porque para que lo fuera necesitaría que hubieran estado mis profesoras, las niñas de mi generación, pero era otro Yaocalli en el cual me sentía acogida, mi segunda casa, como lo fue por trece años de mi vida como alumna.
Esa semana algo se rompió, dejé de sentirme bienvenida y eso: cómo dolió.
En el transcurso de unos días mis dos jefas me habían mandado llamar. Primero fue la directora de secundaria. Recuerdo pasar a su oficina, muy iluminada siempre por el sol, ella como siempre, amable pero algo fría, es que cualquiera con ese peinado tan estirado, sin un cabello fuera de lugar, ya habla bastante de sí. No recuerdo bien todo el contexto pero me comenzó a hablar de la importancia de la preceptoría para las niñas, de lo importante que es para el Yaocalli tener buenas preceptoras, y me invitaba a ser preceptora de tiempo completo diciéndome que confiaban en mi para ser guía de las alumnas. ¿Y mis clases?
Me quitaban mis clases, mis horas se llenarían con preceptorías. No recuerdo que me haya preguntado si estaba de acuerdo en ya no tener clases. Supongo que era fácil convencerme cuando me ofrecía algo que también me importaba: la cercanía con las alumnas, poderlas acompañar en su día a día, estando al pendiente de ellas en todos los aspectos de su vida.
A los pocos días me llamó la directora de prepa. Esta vez en una salita oscura, a esa parte del edificio nunca le da luz. Por eso yo prefería quedarme a trabajar en la sala de profesoras de secundaria, además de que era amena la convivencia con algunas de las profesoras que habían sido mis maestras. Siempre muy cariñosas conmigo, me encontraba muy bien entre ellas.
Recuerdo menos el contexto que rodeó la plática con la directora de prepa pero sí sus últimas palabras, cuando un comentario me develó la verdad que yo no quería ver. Me proponía lo mismo, preceptorías en vez de clases. No pudo dar muchas razones porque ni siquiera es que me dijera que por mala evaluación de las alumnas sobre mis clases es que me estaban quitando las clases. Claro, no era por eso. Pero aún no quería aceptarlo. ¿Me iba a quedar sólo con preceptorías? En esos momentos yo no veía otras opciones era eso o quedarme sin mi trabajo, sin esa escuela que tanto quería, sin ese oratorio al que iba cuando llega y me vía, esas horas de estar frente a Dios y pedirle una y mil veces que me ayudara pero sin realmente comprometerme yo a dejarme ayudar. Acepté y le agradecí la oportunidad. No peleé por mis clases, en el fondo yo sabía por qué me las quitaban y su comentario final me lo comprobó. Se quejaba que a ella le habían dicho que tenía que hablar conmigo, le daba mucha pena ser ella la que me ofreciera esta propuesta. Realmente no sé porqué le daba pena si yo lo veo como que me estaban haciendo un favor: no me corrían, pero me ocultaban un poco más.
Ese era el verdadero problema, mi imagen. Estar tan flaca y así dar clases frente a niñas que ya de por sí en esas edades son muy vulnerables en cuanto a la imagen personal, muchas veces con problemas de autoestima por compararse con otras. Más grave si empezaban a compararse con una profesora con un problema grave de anorexia, aunque me costó casi una década reconocerlo.
Y así salía ese día del Yaocalli sintiendo que ya no era bienvenida, no por que no me quisieran, no por ser mala maestra, sino por estar como estaba: enferma. La verdad es que no sabían qué hacer conmigo, quizá esperaban que yo no aceptara esa propuesta y me fuera. Sé que ya hablaban de mi, alguna vez le preguntaron a mi hermana sobre mi estado de salud. Ellas no me corrieron, yo solita me corrí. Al menos así lo veo. Y así, tristemente, terminaron mis años en el Yaocalli y el refugio que había supuesto para mi esa segunda casa durante esos años de mis veintes en los que me sentía tan vulnerable y llena de miedos y culpas. Así toqué fondo por primera vez, aunque aún no del todo.
_____________
Segunda parte del ejercicio: ¿Cómo me siento al leerlo en fuerte?
Noto que hablo bajo, no es algo que me guste contar mucho. Pero también noto que ya puedo hablar del tema, que es parte de mi pasado, pero ya no de mi presente. Me siento liberada de poder hablar del tema, de hacerle ver a la gente una parte vulnerable de mi. Dependiendo de quién me escuchara, en algunos casos me sentiría culpable aún, por ejemplo, con mi familia, porque sé que no fue fácil para ellos verme en esa situación, me inspiran compasión porque a veces me hirieron con sus comentarios y críticas, pero sé que en el fondo es porque ya no encontraban forma de ayudarme y así se desquitaban, me parece. No es algo que me hace sentir orgullosa, sigo cargando con culpa porque en el fondo me siento malagradecida con Dios, con mis papás, que tanto me han dado y yo, en vez de sacar lo mejor de mí, me estaba destruyendo. Y sigo cargando con algunos miedos respecto a mi salud. Pero hago lo está en mis manos, ya no me dejo guiar por esos fantasmas de la anorexia, esas comparaciones inútiles, y vivo, vivo agradecida cada día de mi vida.
Esa semana algo se rompió, dejé de sentirme bienvenida y eso: cómo dolió.
En el transcurso de unos días mis dos jefas me habían mandado llamar. Primero fue la directora de secundaria. Recuerdo pasar a su oficina, muy iluminada siempre por el sol, ella como siempre, amable pero algo fría, es que cualquiera con ese peinado tan estirado, sin un cabello fuera de lugar, ya habla bastante de sí. No recuerdo bien todo el contexto pero me comenzó a hablar de la importancia de la preceptoría para las niñas, de lo importante que es para el Yaocalli tener buenas preceptoras, y me invitaba a ser preceptora de tiempo completo diciéndome que confiaban en mi para ser guía de las alumnas. ¿Y mis clases?
Me quitaban mis clases, mis horas se llenarían con preceptorías. No recuerdo que me haya preguntado si estaba de acuerdo en ya no tener clases. Supongo que era fácil convencerme cuando me ofrecía algo que también me importaba: la cercanía con las alumnas, poderlas acompañar en su día a día, estando al pendiente de ellas en todos los aspectos de su vida.
A los pocos días me llamó la directora de prepa. Esta vez en una salita oscura, a esa parte del edificio nunca le da luz. Por eso yo prefería quedarme a trabajar en la sala de profesoras de secundaria, además de que era amena la convivencia con algunas de las profesoras que habían sido mis maestras. Siempre muy cariñosas conmigo, me encontraba muy bien entre ellas.
Recuerdo menos el contexto que rodeó la plática con la directora de prepa pero sí sus últimas palabras, cuando un comentario me develó la verdad que yo no quería ver. Me proponía lo mismo, preceptorías en vez de clases. No pudo dar muchas razones porque ni siquiera es que me dijera que por mala evaluación de las alumnas sobre mis clases es que me estaban quitando las clases. Claro, no era por eso. Pero aún no quería aceptarlo. ¿Me iba a quedar sólo con preceptorías? En esos momentos yo no veía otras opciones era eso o quedarme sin mi trabajo, sin esa escuela que tanto quería, sin ese oratorio al que iba cuando llega y me vía, esas horas de estar frente a Dios y pedirle una y mil veces que me ayudara pero sin realmente comprometerme yo a dejarme ayudar. Acepté y le agradecí la oportunidad. No peleé por mis clases, en el fondo yo sabía por qué me las quitaban y su comentario final me lo comprobó. Se quejaba que a ella le habían dicho que tenía que hablar conmigo, le daba mucha pena ser ella la que me ofreciera esta propuesta. Realmente no sé porqué le daba pena si yo lo veo como que me estaban haciendo un favor: no me corrían, pero me ocultaban un poco más.
Ese era el verdadero problema, mi imagen. Estar tan flaca y así dar clases frente a niñas que ya de por sí en esas edades son muy vulnerables en cuanto a la imagen personal, muchas veces con problemas de autoestima por compararse con otras. Más grave si empezaban a compararse con una profesora con un problema grave de anorexia, aunque me costó casi una década reconocerlo.
Y así salía ese día del Yaocalli sintiendo que ya no era bienvenida, no por que no me quisieran, no por ser mala maestra, sino por estar como estaba: enferma. La verdad es que no sabían qué hacer conmigo, quizá esperaban que yo no aceptara esa propuesta y me fuera. Sé que ya hablaban de mi, alguna vez le preguntaron a mi hermana sobre mi estado de salud. Ellas no me corrieron, yo solita me corrí. Al menos así lo veo. Y así, tristemente, terminaron mis años en el Yaocalli y el refugio que había supuesto para mi esa segunda casa durante esos años de mis veintes en los que me sentía tan vulnerable y llena de miedos y culpas. Así toqué fondo por primera vez, aunque aún no del todo.
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Segunda parte del ejercicio: ¿Cómo me siento al leerlo en fuerte?
Noto que hablo bajo, no es algo que me guste contar mucho. Pero también noto que ya puedo hablar del tema, que es parte de mi pasado, pero ya no de mi presente. Me siento liberada de poder hablar del tema, de hacerle ver a la gente una parte vulnerable de mi. Dependiendo de quién me escuchara, en algunos casos me sentiría culpable aún, por ejemplo, con mi familia, porque sé que no fue fácil para ellos verme en esa situación, me inspiran compasión porque a veces me hirieron con sus comentarios y críticas, pero sé que en el fondo es porque ya no encontraban forma de ayudarme y así se desquitaban, me parece. No es algo que me hace sentir orgullosa, sigo cargando con culpa porque en el fondo me siento malagradecida con Dios, con mis papás, que tanto me han dado y yo, en vez de sacar lo mejor de mí, me estaba destruyendo. Y sigo cargando con algunos miedos respecto a mi salud. Pero hago lo está en mis manos, ya no me dejo guiar por esos fantasmas de la anorexia, esas comparaciones inútiles, y vivo, vivo agradecida cada día de mi vida.
Novio mío, yo sí puedo comentar. A ver si checas de nuevo. Sí me gustaría saber lo que me habías querido comentar. Un beso.
ResponderEliminar¡Ya pude, yuju! Creo que el problema era el navegador (Safari).
ResponderEliminar¡Gracias por compartir este texto! Seguro requirió de mucha valentía. Me parece que es una historia muy poderosa que puede tocar la vida de muchas personas e invitarlas a reflexionar.
¿A cuántas personas no estaremos echando a un rinconcito para ocultarlas, cuando lo que más necesitan es atención y cariño? Me parece que la impresión de que tú solita provocabas tu situación no es la más cercana a la verdad: somos seres interdependientes, corresponsables de nuestro bienestar común. Sabemos que las presiones comparativas y los ideales de belleza imposibles vienen de fuera, no de dentro. Las cosas pudieron ser muy diferentes si alguien hubiese decidido tener una conversación honesta y abierta contigo, dándote una oportunidad de explorar alternativas u ofreciéndote opciones.
Imagina una comunidad que, en vez de expulsar a sus enfermos, los atiende. Una comunidad regenerativa, no discriminatoria...
¡Qué bueno que pudieras, novio mío!
ResponderEliminarEs cierto que las presiones comparativas y los ideales de belleza vienen de fuera, hay a quienes les afectan más, a quienes menos, y puede variar mucho qué es lo que nos afecta. Es cierto lo que dices, las cosas pudieron haber sido muy diferentes de haber habido más apertura, yo diría, de ambas partes. Porque, verás, sí hubo quienes se acercaron conmigo de una manera abierta y honesta, la primera, Maruchi, algunas amigas. Poca gente, eso sí, pero las hubo. Y yo sabía que había otras opciones, que podía explorar diferentes alternativas, de hecho, lo hice, obligada por mis papás, por ejemplo, a ir con unos psicólogos especializados en el tema, pero de poco me servía. Incluso las conversaciones honestas porque, aunque en el momento me animaban, a la mera hora regresaba a mis mismos hábitos, era luchar contra algo muy fuerte. Supongo que es parte de la enfermedad y de que, sí, no se sale sola.
Lo que dices al final es muy esperanzador, porque sí es muy triste sentir que ya no te quieren porque les causas un problema y no saben, en pocas palabras, cómo deshacerse de ti. En mi caso yo tenía una familia que me apoyaba, unos papás que me dieron la oportunidad de irme a Florencia con Maruchi, otras oportunidades de trabajo, pero cuántas otras personas no tienen ese apoyo y se pueden hundir mucho más.
Creo que mi propia experiencia, y la de otros testimonios que he escuchado, es parte de lo que me tiene convencida de que todo ser humano tiene posibilidad de mejorar, de curarse, de transformarse, de salvarse, y por algo que dices muy bien: porque somos seres interdependientes, y sí, corresponsables de nuestro bienestar.
No salimos por nosotros mismos, eso es iluso, yo lo intenté y nunca pude. Lo logré cuando me uní a una comunidad que no me juzgaba y que me invitaba, sin que ellas se dieran cuenta, a reinventar mi manera de relacionarme con la comida. Me recordaron que la comida es mucho más que un platillo que alimenta, es cultura, es arte, es deleite, es unión, es amistad, familia. Fue cuando entré a la Especialidad en Gastronomía cuando en verdad empecé a curarme, cuando no me sentí señalada ni la rara, sino cuando me sentí igual que todas, dispuesta a aprender y a disfrutar.
Sí, novio mío, las comunidades regenerativas salvan.
Yo quiero ser parte de comunidades así e invitar a las que pertenezco a ser así, por lo menos en lo que yo pueda aportar. Por eso mismo creo y soy parte de la Iglesia, porque a eso se dedica: a salvar, a regenerar, a curar, a nutrir.
A penas poniéndome al corriente con el blog.
ResponderEliminarLuly, gracias por compartir esto con nosotros, porque aunque es tema superado, siempre es difícil hablar de él.
Me gustó tu descripción del Yaocalli. Un lugar de mucho cariño yey acogimiento enlen personal, pero de un pésimo manejo en lo administrativo, jeje. Intentando ser humanas, luego no les sale ser honestas y genuinas. Fue una situación difícil para ti, pero creo que hacía sido bueno que alguien ahí te dijera, con cariño, pero abiertamente, que estabas enferma y que estaban preocupadas por tu salud. No sé, a mí siempre me ha liberado mucho decir la verdad. Aunque no sea una verdad agradable, al menos te da mucho control y poder reconocerla. No decirla en voz alta la oculta y te quita poder sobre ella, ¿no crees?
De verdad, gracias por la vulnerabilidad y la reflexión.