martes, 17 de noviembre de 2020

Mi propia voz

Siempre se ha dicho que antes de encontrar un estilo propio, los artistas copian a otros autores. Por eso es que cuando uno lee una reseña del estilo de un autor, el artículo suele iniciar con una revisión de las influencias del mismo. Para entender el genio particular de un artista hay que recordar que todos somos "enanos en hombros de gigantes". 

Por eso es natural que al hacer este ejercicio de reflexión sobre mi propio estilo, mi primer impulso haya sido enlistar mis libros y autores favoritos. Inevitablemente pienso en mi gusto por el lenguaje lúdico y un tanto sarcástico del realismo mágico latinoamericano, en la riqueza y los colores de la literatura fantástica de Tolkien, Ende y Rowling; en el tono reflexivo y agridulce de Jostein Gaarder; en la nostalgia de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry; en el romanticismo de los cuentos de Hans Christian Andersen. 

También pienso en las autoras que me hicieron consciente de la relevancia de ser mujer al empuñar la pluma: en Virginia Woolf que, aunque no logra atraparme en sus novelas, me apasiona cuando reflexiona sobre la escritura misma y sobre el estilo de lo femenino; en Jane Austen y Louisa May Alcott, que me enseñaron que la autenticidad de un autor no radica en los "temas importantes" que toca, sino en encontrar la riqueza que hay en la experiencia de lo cotidiano; en Sor Juana Inés de la Cruz, que me contagió su gusto por el dominio de una técnica, por el pensamiento refinado y la ironía. 

Por supuesto que esas influencias -y muchas otras- son notorias en mis escritos. Sin embargo es verdad lo que dice Neil Gaiman sobre "la voz" de un escritor: quizás uno tarde años en desarrollarla y en manejarla con conciencia y técnica, pero siempre estuvo ahí. Desde mis primeros cuentos que escribí cuando tenía diez años, pasando por mi etapa tolkineana en la adolescencia, hasta mis recientes relatos en El velero de Milo, todos comparten una voz nostálgica y esperanzada.

Puedo abordar una historia desde el humor, el sarcasmo o desde la inocencia, pero siempre hay esperanza de por medio. Mis escritos no son puntos contundentes, sino flechas que apuntan hacia otra realidad, generalmente mejor que ésta. 

Mi voz es de esperanza, de apertura y anhelo. Y, por lo mismo, suele ser muy vulnerable.

El otro día lo platicaba con Juanjo: yo no sé escribir sin sangrar o romperme un poquito en el proceso. Si no me abro y escarbo con algo de violencia en mi alma, siento que no lo estoy haciendo bien. 

Cualquiera pensaría que es una experiencia desagradable, pero en realidad no. Es el único aspecto de mi vida en donde me sale mi lado bélico. Escribir es como entrar en guerra conmigo misma, y lo disfruto. Me gusta empuñar el cuchillo, cortar, hacer sangrar. Es donde me siento más segura para ser yo. Es mi escape, mi refugio, mi santuario. 

Mi voz es un grito de esperanza dirigido al cielo en medio de mi humanidad. 

Mi propia voz

Siempre se ha dicho que antes de encontrar un estilo propio, los artistas copian a otros autores. Por eso es que cuando uno lee una reseña d...