lunes, 10 de agosto de 2020

Hermosa en todos los sentidos de la palabra

El atardecer la encontró en su recámara, sentada frente al espejo, con la mirada perdida en su reflejo. Una de sus damas (¿Greta, Gladys? aún no se lograba aprender el nombre) le cepillaba el cabello y la arreglaba para la cena en el gran comedor. 


Era su segundo mes viviendo en ese castillo y aún no se acostumbraba a los enormes espacios. La casa donde había pasado su infancia no era para nada modesta, pero no se podía comparar con la grandeza y opulencia del palacio real. La joven reina aún se perdía en los innumerables pasillos y dependía de los múltiples sirvientes (muchos de los cuales todavía eran rostros desconocidos para ella) que la guiaban pacientemente de salón en salón. 


Todos se mostraban amables y respetuosos con ella -después de todo, era la nueva esposa del rey-, pero, a pesar de su posición de renombre y poder, no podía evitar sentirse pequeña e inadecuada para el papel que tenía que desempeñar. Ella sabía que, en el fondo, todos extrañaban a la fallecida reina Elise.


La reina Elise había sido una mujer hermosa en todos los sentidos de la palabra. Amable, justa y cariñosa, se había ganado el corazón del rey y de su pueblo. Después de su temprana muerte a manos de una enfermedad desconocida, todo el reino había llorado su partida durante meses. Se decía que el rey había vestido de negro durante años, tan sólo rompiendo el luto en los cumpleaños de su hija. Ahora, después de haber contraído nuevas nupcias, se había deshecho de sus oscuros trajes y había vuelto a lucir colores alegres. Sin embargo, la joven reina no podía dejar de ver en sus ojos la añoranza por su fallecida mujer. Ya no llevaba el luto por fuera, pero sí por dentro. 


La voz de su sirvienta la sacó de sus sombríos pensamientos. 


-Ya está lista, su majestad. Aún quedan unos minutos antes de la cena. ¿Quiere que la lleve al comedor a esperar ahí, o regreso por usted?


-Gracias, Glad… oh..


-Gloria, su majestad. 


-Sí, Gloria. Muchas gracias. Prefiero esperar aquí. 


La sirvienta se despidió y salió de la habitación. La luz dorada del atardecer se colaba por las cortinas que daban al balcón y la reina decidió salir a tomar un poco de aire. Era una tarde hermosa, en realidad. El cielo despejado se pintaba de colores que iban del naranja al azul oscuro, mientras que el aire cálido del verano traía los aromas de las flores del jardín real. Ahí, recogiendo unas rosas, estaba la princesa. La pequeña era tan sólo un bebé cuando la muerte le arrancó a su madre, pero había crecido pareciéndose mucho a ella. A penas era una jovencita de doce años, pero todos reconocían en ella la inusual belleza y la nobleza de corazón de la amada reina Elise. 


Sus labios son del mismo color que las rosas, notó la reina con sorpresa. 


Estaba tan absorta mirándola desde lo alto, que no se dio cuenta de que el rey estaba también paseando en el jardín hasta que llegó con su hija. Ambos hablaron y rieron juntos mientras llegaba la hora de ir al comedor. La reina los veía a la distancia, envidiando ese breve momento de alegría e intimidad. Podía reunirse con ellos, pero sabía que en cuanto llegara, inevitablemente la actitud de ambos cambiaría. Nunca habían sido irrespetuosos o fríos con ella; simplemente la trataban con la amabilidad con la que se trata a un invitado. Era la esposa del rey, con quien compartía el lecho durante las noches, pero ella notaba la distancia que había entre ellos, esa reserva que el rey guardaba en su corazón y que no le permitía llegar a sentirse como parte de la familia. 


Por eso se contentaba con verlos sin que ellos se dieran cuenta. Al menos así podía ver la sonrisa sincera de su esposo. Era mucho mayor que ella, pero aún era un hombre joven y atractivo, y la reina suspiraba al ver cómo se iluminaban sus ojos al hablar con la princesa. Si tan sólo me viera a mí de esa manera…


La reina decidió que era suficiente dolor para su corazón y regresó al refugio de su habitación. Se sentó frente a su espejo, el único objeto que había traído con ella de su casa -además de su ropa y de sus joyas- y que la hacía sentir un poco más en su hogar. 


-Despierta, querido amigo. 


La reina vio cómo del fondo plateado del espejo surgía una densa niebla que ocultó su reflejo y que poco a poco formó un rostro de humo. 


-Aquí me tienes -contestó una voz grave y cavernosa, pero que para ella era conocida y reconfortante. 


-¿Qué pasa, por qué lloras? -agregó la voz al ver sus ojos nublados. 


-¿Crees que soy bonita? -preguntó la joven con un nudo en la garganta.


El rostro del espejo sonrió y miró con cariño a la bella mujer que había acompañado desde que era una pequeña niña.


-Por su puesto que sí, -le contestó. -Eres la más hermosa de todo el reino. 

Mi propia voz

Siempre se ha dicho que antes de encontrar un estilo propio, los artistas copian a otros autores. Por eso es que cuando uno lee una reseña d...