miércoles, 17 de junio de 2020

Ejercicio 1: Honesty

No soy ajena al dolor. Desde muy joven he tenido que enfrentarme a las pérdidas de personas queridas y cercanas. Empezando por mi papá, mis abuelos, mis tíos, mi primo. 

Sé lo que es ver morir a un hijo en mis brazos y perder a otro en mi vientre. Sé lo que es que los doctores te digan que tus bebés no van a sobrevivir y, una vez que lo hacen, a aceptar que sus vidas nunca van a ser "normales", que tendrán que aprender a subsistir con importantes discapacidades (o que tal vez nunca puedan valerse por sí mismas). 

Sé de dolor. Sin embargo, cuando me pregunté sobre uno de los momentos más tristes de mi vida, no elegí ninguno de los momentos relacionados con estos grandes sufrimientos. 

No es que no hayan sido tristes: aún lloro al recordar a mi papá en su lecho de muerte y la breve despedida que pude murmurar en su oído con un nudo en la garganta. También es triste el recuerdo de mi pequeño bebé de dos meses colapsando en mis brazos y la terrible carrera al hospital, a pesar de haber tenido la certeza de que no iba a volver a despertar. 

Tengo una buena colección de momentos tristes. Pero en todos ellos hay algo más; hay también una rebelde esperanza que arde siempre en mi interior en los peores momentos. Es cuando más fuerte la siento, cuando más amparada me encuentro. 

Esto me preocupa un poco a veces. Soy mejor y más capaz de encontrar paz en los momentos de mayor crisis. En ocasiones me da miedo haber perdido la capacidad de ser feliz en la simple cotidianeidad. ¿Es mi vocación la del dolor?

El momento más triste de mi vida no es un "gran" momento. Fue en un simple día de lo más cotidiano. Me levanté cansada, desvelada después de pasar la noche consolando a mi hija Marianne. Era muy temprano, pero me consolaba la idea de poder darme un baño calientito antes de tener que enfrentar el día. Pero pasados varios minutos después de haber abierto la llave de la regadera, el agua seguía saliendo fría. Bajé a revisar el calentador y confirmé mis sospechas: el piloto estaba apagado. 

¿Cómo se prende un boiler? Me sabía la teoría, pero nunca lo había intentado. Además, el nuestro era uno de esos calentadores viejos y enormes que todavía requieren de bombear el gas y abrir la válvula para prender el piloto. Lo intenté un par de veces, pero no funcionaba. Seguramente lo estaba haciendo mal. Traté de buscar un tutorial en youtybe, pero este modelo era tan viejo que no lograba encontrar nada que me ayudara. Empecé a enojarme y a sentirme muy insegura. ¿Cómo diantres se llega a la adultez sin saber hacer cosas básicas de supervivencia como ésta? 

Al fin me rendí y me dispuse a pedirle ayuda a Juanjo, mi esposo, cuando lo vi bajando las escaleras, vestido y listo para irse a trabajar. 

"No hay agua caliente", me dijo con expresión cansada. 

Le expliqué que el boiler estaba apagado y que no podía prenderlo. Él se remangó la camisa e intentó prenderlo, pero tampoco sabía bien cómo funcionaba. Yo podía percibir su prisa y comencé a estresarme. En el proceso, Marianne volvió a llorar y mi adormilado hijo de tres años bajó a pedir que le preparara su lechita. 

Juanjo también terminó por rendirse. Me dió un beso y se despidió rápidamente. "Perdón, no sé cómo. Me tengo que ir, ya luego vemos."

Mi frustración llegó a su punto límite. ¿Era demasiado pedir poder darme un rápido baño caliente después de tanto cansancio y sacrificios? ¿También iba a tener que renunciar a algo tan sencillo y miserable?

Dejé que mi enojo se saliera de control y lo dirigí hacia el único "culpable" que pude encontrar en en ese momento. 

"Bueno, pues vete", le espeté furiosa. "Lo sigo intentando yo sola, porque a ti no te importa si me explota el estúpido boiler en la cara."

Juanjo se paró en seco y yo me arrepentí de inmediato por haberle contestado así. No me dijo nada, porque así es él. Jamás dice cosas hirientes cuando lo lastimas. Sólo guarda silencio y su dolor y enojo se vuelven palpables en el ambiente. Me disculpé inmediatamente, pero el daño estaba hecho. Él se sentó en el escalón del patio y hundió su cabeza entre sus manos. Lloró de cansancio, hartazgo y frustración. Yo lo veía, impotente, mientras mi hijo seguía pidiéndome leche y mi bebé lloraba a todo pulmón desde su cuna. Tuve que dejarlo para atender a los pequeños, y regresé a abrazarlo y a hablar con él. Finalmente aceptó mis disculpas, me dijo que me quería y se fue, triste y agotado, a trabajar ese día. 

Yo me quedé con el corazón estrujado y con el maldito boiler apagado (que, por cierto, resultó estar descompuesto). El arrepentiemiento estaba confesado, el perdón estaba dado, pero yo sabía que la herida iba tardar en sanar. Lloré un poquito, tratando de que mis hijos no me vieran, limpié mi cara y llamé por teléfono a mi vecina. 

"Hola, ¿Tita? Bien, gracias. Oye, ¿sabes cómo se prende un calentador?".


Mi propia voz

Siempre se ha dicho que antes de encontrar un estilo propio, los artistas copian a otros autores. Por eso es que cuando uno lee una reseña d...