lunes, 27 de abril de 2020

A secret I'm afraid to talk about / Writing exercise, Ch. 2

I have a secret I am scared to talk about
In fact, no one knows
until now
that you are about to find out

I have very greedy eyes

My eyes look for things that should be forbidden for them
Hidden things
Private things
Concealed things

Those things decency says you should hide from me
Those files on your computer you don’t want me to see
Those photos you took only for yourself
Those letters addressed to someone else
Those notes you took on your diary

My curiosity knows no bound
and, sometimes,
it misbehaves in a way
that makes me not too proud

What would people say?
Worst of all
what would people effectively hide away?

There is an undeniable delight
in getting away with knowing
the unknowable

I have very private things too

The letters
the photos
the memories
of my past self

I keep them, you see,
so that others
as greedy as me
should one day find themselves
delighted to steal away secrets
just like me

lunes, 20 de abril de 2020

Uno de esos días donde empecé a tocar fondo.

Estábamos a finales de año escolar, mi cuarto año dando clases en el Yaocalli. Recuerdo los largos pasillos, esos pasillos que había recorrido tantas veces como alumna y que ahora recorría como maestra. Era el Yaocalli, no "mi" Yaocalli porque para que lo fuera necesitaría que hubieran estado mis profesoras, las niñas de mi generación, pero era otro Yaocalli en el cual me sentía acogida, mi segunda casa, como lo fue por trece años de mi vida como alumna.

Esa semana algo se rompió, dejé de sentirme bienvenida y eso: cómo dolió.
En el transcurso de unos días mis dos jefas me habían mandado llamar. Primero fue la directora de secundaria. Recuerdo pasar a su oficina, muy iluminada siempre por el sol, ella como siempre, amable pero algo fría, es que cualquiera con ese peinado tan estirado, sin un cabello fuera de lugar, ya habla bastante de sí. No recuerdo bien todo el contexto pero me comenzó a hablar de la importancia de la preceptoría para las niñas, de lo importante que es para el Yaocalli tener buenas preceptoras, y me invitaba a ser preceptora de tiempo completo diciéndome que confiaban en mi para ser guía de las alumnas. ¿Y mis clases?

Me quitaban mis clases, mis horas se llenarían con preceptorías. No recuerdo que me haya preguntado si estaba de acuerdo en ya no tener clases. Supongo que era fácil convencerme cuando me ofrecía algo que también me importaba: la cercanía con las alumnas, poderlas acompañar en su día a día, estando al pendiente de ellas en todos los aspectos de su vida.

A los pocos días me llamó la directora de prepa. Esta vez en una salita oscura, a esa parte del edificio nunca le da luz. Por eso yo prefería quedarme a trabajar en la sala de profesoras de secundaria, además de que era amena la convivencia con algunas de las profesoras que habían sido mis maestras. Siempre muy cariñosas conmigo, me encontraba muy bien entre ellas.

Recuerdo menos el contexto que rodeó la plática con la directora de prepa pero sí sus últimas palabras, cuando un comentario me develó la verdad que yo no quería ver. Me proponía lo mismo, preceptorías en vez de clases. No pudo dar muchas razones porque ni siquiera es que me dijera que por mala evaluación de las alumnas sobre mis clases es que me estaban quitando las clases. Claro, no era por eso. Pero aún no quería aceptarlo. ¿Me iba a quedar sólo con preceptorías? En esos momentos yo no veía otras opciones era eso o quedarme sin mi trabajo, sin esa escuela que tanto quería, sin ese oratorio al que iba cuando llega y me vía, esas horas de estar frente a Dios y pedirle una y mil veces que me ayudara pero sin realmente comprometerme yo a dejarme ayudar. Acepté y le agradecí la oportunidad. No peleé por mis clases, en el fondo yo sabía por qué me las quitaban y su comentario final me lo comprobó. Se quejaba que a ella le habían dicho que tenía que hablar conmigo, le daba mucha pena ser ella la que me ofreciera esta propuesta. Realmente no sé porqué le daba pena si yo lo veo como que me estaban haciendo un favor: no me corrían, pero me ocultaban un poco más.

Ese era el verdadero problema, mi imagen. Estar tan flaca y así dar clases frente a niñas que ya de por sí en esas edades son muy vulnerables en cuanto a la imagen personal, muchas veces con problemas de autoestima por compararse con otras. Más grave si empezaban a compararse con una profesora con un problema grave de anorexia, aunque me costó casi una década reconocerlo.

Y así salía ese día del Yaocalli sintiendo que ya no era bienvenida, no por que no me quisieran, no por ser mala maestra, sino por estar como estaba: enferma. La verdad es que no sabían qué hacer conmigo, quizá esperaban que yo no aceptara esa propuesta y me fuera. Sé que ya hablaban de mi, alguna vez le preguntaron a mi hermana sobre mi estado de salud. Ellas no me corrieron, yo solita me corrí. Al menos así lo veo. Y así, tristemente, terminaron mis años en el Yaocalli y el refugio que había supuesto para mi esa segunda casa durante esos años de mis veintes en los que me sentía tan vulnerable y llena de miedos y culpas. Así toqué fondo por primera vez, aunque aún no del todo.

_____________

Segunda parte del ejercicio: ¿Cómo me siento al leerlo en fuerte?

Noto que hablo bajo, no es algo que me guste contar mucho. Pero también noto que ya puedo hablar del tema, que es parte de mi pasado, pero ya no de mi presente. Me siento liberada de poder hablar del tema, de hacerle ver a la gente una parte vulnerable de mi. Dependiendo de quién me escuchara, en algunos casos me sentiría culpable aún, por ejemplo, con mi familia, porque sé que no fue fácil para ellos verme en esa situación, me inspiran compasión porque a veces me hirieron con sus comentarios y críticas, pero sé que en el fondo es porque ya no encontraban forma de ayudarme y así se desquitaban, me parece. No es algo que me hace sentir orgullosa, sigo cargando con culpa porque en el fondo me siento malagradecida con Dios, con mis papás, que tanto me han dado y yo, en vez de sacar lo mejor de mí, me estaba destruyendo. Y sigo cargando con algunos miedos respecto a mi salud. Pero hago lo está en mis manos, ya no me dejo guiar por esos fantasmas de la anorexia, esas comparaciones inútiles, y vivo, vivo agradecida cada día de mi vida.



Mi propia voz

Siempre se ha dicho que antes de encontrar un estilo propio, los artistas copian a otros autores. Por eso es que cuando uno lee una reseña d...