martes, 17 de noviembre de 2020

Mi propia voz

Siempre se ha dicho que antes de encontrar un estilo propio, los artistas copian a otros autores. Por eso es que cuando uno lee una reseña del estilo de un autor, el artículo suele iniciar con una revisión de las influencias del mismo. Para entender el genio particular de un artista hay que recordar que todos somos "enanos en hombros de gigantes". 

Por eso es natural que al hacer este ejercicio de reflexión sobre mi propio estilo, mi primer impulso haya sido enlistar mis libros y autores favoritos. Inevitablemente pienso en mi gusto por el lenguaje lúdico y un tanto sarcástico del realismo mágico latinoamericano, en la riqueza y los colores de la literatura fantástica de Tolkien, Ende y Rowling; en el tono reflexivo y agridulce de Jostein Gaarder; en la nostalgia de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry; en el romanticismo de los cuentos de Hans Christian Andersen. 

También pienso en las autoras que me hicieron consciente de la relevancia de ser mujer al empuñar la pluma: en Virginia Woolf que, aunque no logra atraparme en sus novelas, me apasiona cuando reflexiona sobre la escritura misma y sobre el estilo de lo femenino; en Jane Austen y Louisa May Alcott, que me enseñaron que la autenticidad de un autor no radica en los "temas importantes" que toca, sino en encontrar la riqueza que hay en la experiencia de lo cotidiano; en Sor Juana Inés de la Cruz, que me contagió su gusto por el dominio de una técnica, por el pensamiento refinado y la ironía. 

Por supuesto que esas influencias -y muchas otras- son notorias en mis escritos. Sin embargo es verdad lo que dice Neil Gaiman sobre "la voz" de un escritor: quizás uno tarde años en desarrollarla y en manejarla con conciencia y técnica, pero siempre estuvo ahí. Desde mis primeros cuentos que escribí cuando tenía diez años, pasando por mi etapa tolkineana en la adolescencia, hasta mis recientes relatos en El velero de Milo, todos comparten una voz nostálgica y esperanzada.

Puedo abordar una historia desde el humor, el sarcasmo o desde la inocencia, pero siempre hay esperanza de por medio. Mis escritos no son puntos contundentes, sino flechas que apuntan hacia otra realidad, generalmente mejor que ésta. 

Mi voz es de esperanza, de apertura y anhelo. Y, por lo mismo, suele ser muy vulnerable.

El otro día lo platicaba con Juanjo: yo no sé escribir sin sangrar o romperme un poquito en el proceso. Si no me abro y escarbo con algo de violencia en mi alma, siento que no lo estoy haciendo bien. 

Cualquiera pensaría que es una experiencia desagradable, pero en realidad no. Es el único aspecto de mi vida en donde me sale mi lado bélico. Escribir es como entrar en guerra conmigo misma, y lo disfruto. Me gusta empuñar el cuchillo, cortar, hacer sangrar. Es donde me siento más segura para ser yo. Es mi escape, mi refugio, mi santuario. 

Mi voz es un grito de esperanza dirigido al cielo en medio de mi humanidad. 

lunes, 10 de agosto de 2020

Hermosa en todos los sentidos de la palabra

El atardecer la encontró en su recámara, sentada frente al espejo, con la mirada perdida en su reflejo. Una de sus damas (¿Greta, Gladys? aún no se lograba aprender el nombre) le cepillaba el cabello y la arreglaba para la cena en el gran comedor. 


Era su segundo mes viviendo en ese castillo y aún no se acostumbraba a los enormes espacios. La casa donde había pasado su infancia no era para nada modesta, pero no se podía comparar con la grandeza y opulencia del palacio real. La joven reina aún se perdía en los innumerables pasillos y dependía de los múltiples sirvientes (muchos de los cuales todavía eran rostros desconocidos para ella) que la guiaban pacientemente de salón en salón. 


Todos se mostraban amables y respetuosos con ella -después de todo, era la nueva esposa del rey-, pero, a pesar de su posición de renombre y poder, no podía evitar sentirse pequeña e inadecuada para el papel que tenía que desempeñar. Ella sabía que, en el fondo, todos extrañaban a la fallecida reina Elise.


La reina Elise había sido una mujer hermosa en todos los sentidos de la palabra. Amable, justa y cariñosa, se había ganado el corazón del rey y de su pueblo. Después de su temprana muerte a manos de una enfermedad desconocida, todo el reino había llorado su partida durante meses. Se decía que el rey había vestido de negro durante años, tan sólo rompiendo el luto en los cumpleaños de su hija. Ahora, después de haber contraído nuevas nupcias, se había deshecho de sus oscuros trajes y había vuelto a lucir colores alegres. Sin embargo, la joven reina no podía dejar de ver en sus ojos la añoranza por su fallecida mujer. Ya no llevaba el luto por fuera, pero sí por dentro. 


La voz de su sirvienta la sacó de sus sombríos pensamientos. 


-Ya está lista, su majestad. Aún quedan unos minutos antes de la cena. ¿Quiere que la lleve al comedor a esperar ahí, o regreso por usted?


-Gracias, Glad… oh..


-Gloria, su majestad. 


-Sí, Gloria. Muchas gracias. Prefiero esperar aquí. 


La sirvienta se despidió y salió de la habitación. La luz dorada del atardecer se colaba por las cortinas que daban al balcón y la reina decidió salir a tomar un poco de aire. Era una tarde hermosa, en realidad. El cielo despejado se pintaba de colores que iban del naranja al azul oscuro, mientras que el aire cálido del verano traía los aromas de las flores del jardín real. Ahí, recogiendo unas rosas, estaba la princesa. La pequeña era tan sólo un bebé cuando la muerte le arrancó a su madre, pero había crecido pareciéndose mucho a ella. A penas era una jovencita de doce años, pero todos reconocían en ella la inusual belleza y la nobleza de corazón de la amada reina Elise. 


Sus labios son del mismo color que las rosas, notó la reina con sorpresa. 


Estaba tan absorta mirándola desde lo alto, que no se dio cuenta de que el rey estaba también paseando en el jardín hasta que llegó con su hija. Ambos hablaron y rieron juntos mientras llegaba la hora de ir al comedor. La reina los veía a la distancia, envidiando ese breve momento de alegría e intimidad. Podía reunirse con ellos, pero sabía que en cuanto llegara, inevitablemente la actitud de ambos cambiaría. Nunca habían sido irrespetuosos o fríos con ella; simplemente la trataban con la amabilidad con la que se trata a un invitado. Era la esposa del rey, con quien compartía el lecho durante las noches, pero ella notaba la distancia que había entre ellos, esa reserva que el rey guardaba en su corazón y que no le permitía llegar a sentirse como parte de la familia. 


Por eso se contentaba con verlos sin que ellos se dieran cuenta. Al menos así podía ver la sonrisa sincera de su esposo. Era mucho mayor que ella, pero aún era un hombre joven y atractivo, y la reina suspiraba al ver cómo se iluminaban sus ojos al hablar con la princesa. Si tan sólo me viera a mí de esa manera…


La reina decidió que era suficiente dolor para su corazón y regresó al refugio de su habitación. Se sentó frente a su espejo, el único objeto que había traído con ella de su casa -además de su ropa y de sus joyas- y que la hacía sentir un poco más en su hogar. 


-Despierta, querido amigo. 


La reina vio cómo del fondo plateado del espejo surgía una densa niebla que ocultó su reflejo y que poco a poco formó un rostro de humo. 


-Aquí me tienes -contestó una voz grave y cavernosa, pero que para ella era conocida y reconfortante. 


-¿Qué pasa, por qué lloras? -agregó la voz al ver sus ojos nublados. 


-¿Crees que soy bonita? -preguntó la joven con un nudo en la garganta.


El rostro del espejo sonrió y miró con cariño a la bella mujer que había acompañado desde que era una pequeña niña.


-Por su puesto que sí, -le contestó. -Eres la más hermosa de todo el reino. 

miércoles, 17 de junio de 2020

Ejercicio 1: Honesty

No soy ajena al dolor. Desde muy joven he tenido que enfrentarme a las pérdidas de personas queridas y cercanas. Empezando por mi papá, mis abuelos, mis tíos, mi primo. 

Sé lo que es ver morir a un hijo en mis brazos y perder a otro en mi vientre. Sé lo que es que los doctores te digan que tus bebés no van a sobrevivir y, una vez que lo hacen, a aceptar que sus vidas nunca van a ser "normales", que tendrán que aprender a subsistir con importantes discapacidades (o que tal vez nunca puedan valerse por sí mismas). 

Sé de dolor. Sin embargo, cuando me pregunté sobre uno de los momentos más tristes de mi vida, no elegí ninguno de los momentos relacionados con estos grandes sufrimientos. 

No es que no hayan sido tristes: aún lloro al recordar a mi papá en su lecho de muerte y la breve despedida que pude murmurar en su oído con un nudo en la garganta. También es triste el recuerdo de mi pequeño bebé de dos meses colapsando en mis brazos y la terrible carrera al hospital, a pesar de haber tenido la certeza de que no iba a volver a despertar. 

Tengo una buena colección de momentos tristes. Pero en todos ellos hay algo más; hay también una rebelde esperanza que arde siempre en mi interior en los peores momentos. Es cuando más fuerte la siento, cuando más amparada me encuentro. 

Esto me preocupa un poco a veces. Soy mejor y más capaz de encontrar paz en los momentos de mayor crisis. En ocasiones me da miedo haber perdido la capacidad de ser feliz en la simple cotidianeidad. ¿Es mi vocación la del dolor?

El momento más triste de mi vida no es un "gran" momento. Fue en un simple día de lo más cotidiano. Me levanté cansada, desvelada después de pasar la noche consolando a mi hija Marianne. Era muy temprano, pero me consolaba la idea de poder darme un baño calientito antes de tener que enfrentar el día. Pero pasados varios minutos después de haber abierto la llave de la regadera, el agua seguía saliendo fría. Bajé a revisar el calentador y confirmé mis sospechas: el piloto estaba apagado. 

¿Cómo se prende un boiler? Me sabía la teoría, pero nunca lo había intentado. Además, el nuestro era uno de esos calentadores viejos y enormes que todavía requieren de bombear el gas y abrir la válvula para prender el piloto. Lo intenté un par de veces, pero no funcionaba. Seguramente lo estaba haciendo mal. Traté de buscar un tutorial en youtybe, pero este modelo era tan viejo que no lograba encontrar nada que me ayudara. Empecé a enojarme y a sentirme muy insegura. ¿Cómo diantres se llega a la adultez sin saber hacer cosas básicas de supervivencia como ésta? 

Al fin me rendí y me dispuse a pedirle ayuda a Juanjo, mi esposo, cuando lo vi bajando las escaleras, vestido y listo para irse a trabajar. 

"No hay agua caliente", me dijo con expresión cansada. 

Le expliqué que el boiler estaba apagado y que no podía prenderlo. Él se remangó la camisa e intentó prenderlo, pero tampoco sabía bien cómo funcionaba. Yo podía percibir su prisa y comencé a estresarme. En el proceso, Marianne volvió a llorar y mi adormilado hijo de tres años bajó a pedir que le preparara su lechita. 

Juanjo también terminó por rendirse. Me dió un beso y se despidió rápidamente. "Perdón, no sé cómo. Me tengo que ir, ya luego vemos."

Mi frustración llegó a su punto límite. ¿Era demasiado pedir poder darme un rápido baño caliente después de tanto cansancio y sacrificios? ¿También iba a tener que renunciar a algo tan sencillo y miserable?

Dejé que mi enojo se saliera de control y lo dirigí hacia el único "culpable" que pude encontrar en en ese momento. 

"Bueno, pues vete", le espeté furiosa. "Lo sigo intentando yo sola, porque a ti no te importa si me explota el estúpido boiler en la cara."

Juanjo se paró en seco y yo me arrepentí de inmediato por haberle contestado así. No me dijo nada, porque así es él. Jamás dice cosas hirientes cuando lo lastimas. Sólo guarda silencio y su dolor y enojo se vuelven palpables en el ambiente. Me disculpé inmediatamente, pero el daño estaba hecho. Él se sentó en el escalón del patio y hundió su cabeza entre sus manos. Lloró de cansancio, hartazgo y frustración. Yo lo veía, impotente, mientras mi hijo seguía pidiéndome leche y mi bebé lloraba a todo pulmón desde su cuna. Tuve que dejarlo para atender a los pequeños, y regresé a abrazarlo y a hablar con él. Finalmente aceptó mis disculpas, me dijo que me quería y se fue, triste y agotado, a trabajar ese día. 

Yo me quedé con el corazón estrujado y con el maldito boiler apagado (que, por cierto, resultó estar descompuesto). El arrepentiemiento estaba confesado, el perdón estaba dado, pero yo sabía que la herida iba tardar en sanar. Lloré un poquito, tratando de que mis hijos no me vieran, limpié mi cara y llamé por teléfono a mi vecina. 

"Hola, ¿Tita? Bien, gracias. Oye, ¿sabes cómo se prende un calentador?".


domingo, 10 de mayo de 2020

MUJER TRAVESTI DESHONRA A SU VACA, ¿SALVA A CHINA? / Writing Exercize, Ch. 3

Fa Mulan, hija única del veterano héroe de guerra, Fa Zhou, salvó a China el pasado viernes, en un acto de heroísmo impropio para una mujer.

Un terrible atentado tuvo lugar durante la celebración de la Victoria contra los Hunos, presidida por Li Shang, nuevo general del Ejército Imperial y Su Señoría, El Emperador, en persona. Aunque la identidad oficial de los atacantes no ha sido confirmada por las autoridades, se sospecha que el grupo armado que tomó posesión brevemente del Palacio Imperial y amenazó la vida del Emperador estaba compuesto por un puñado de supervivientes de la última batalla en contra de las huestes bárbaras. Testigos aseguran que el líder del grupo era el mismo Shan Yu, comandante de la fuerza invasora, pero está información no ha podido ser comprobada por la redacción, ya que nadie sabe realmente cómo lucía el comandante enemigo. Antes de explotar entre fuegos artificiales, el misterioso personaje se refirió a la multitud, pero nadie entre los presentes comprendía su barbárico lenguaje.

Li, en entrevista, no confirmó ni negó la información, estoicamente respondiendo sólo que le complacía que el Emperador se encontrara en buena salud tras el incidente. Uno pensaría que con tal autoridad presente, un joven que ejemplifica la virtud del Ejército Chino, no podría atribuírsele crédito a nadie más por detener la violencia. Sin embargo, varios testigos aseguran que la mujer travesti, Fa Mulan, fue la responsable principal de alertar de la presencia de los hunos a los miembros del Ejército Imperial y de coordinar su heroico esfuerzo de rescate.

Fa, quien previamente había deshonrado a su familia y su apellido al fingir ser un hombre para enrolarse en el Ejército Imperial –un crimen que normalmente la condenaría a la pena de muerte–, había sido descubierta y expulsada de las fuerzas imperiales. Se desconoce cómo es que seguía con vida tras el incidente, o cómo fue que se enteró del atentado antes que nadie más, pero lo cierto es que Su Majestad Altísima, El Emperador, reconoció su esfuerzo y valentía frente a todos los presentes.

En entrevista, el Emperador de China comentó: "No en cualquier dinastía encuentras a una chica como esa". Algunos críticos en la Corte atribuyen todo el incidente a la misma Fa, señalando su posible involucramiento en el atentado –lo que explicaría su protagonismo– y las acciones de su Señoría, El Emperador, a la confusión natural que resulta de la desafortunada combinación de su avanzada edad y el estrés que sufrió durante el atentado. Otros, sin embargo, reconocen, no sin controversias, a Fa Mulan como la heroína de la historia y se cuestionan, en cambio, por la total ausencia de la Guardia Imperial durante el incidente.

Seguiremos reportando.

viernes, 8 de mayo de 2020

Hacía frío, más dentro de mi que en el bosque. / Tarea 2




Sólo recuerdo tener frío, la humedad del bosque, el olor a tierra mojada.

¿Cuándo?

(Mira hacia a la ventana, su mirada perdida)

No lo sé, ¿muchas veces?

¿Y cómo te hacía sentir esa situación?

¿Cómo ma hacía sentir? Supongo que algo triste.

Algo triste.

Sí, me sentía sola. 

¿sola?

Bueno, estaban mis tías, pero no era la mismo, yo quería a mis padres.

¿Y dónde estaban tus padres?

Ese era el problema, no lo sabía. Mis tías no eran nada claras, había un misterio al rededor de mis padres. No les gustaba que yo les preguntara.

Pero algo debían decirte.

No mucho. Sólo que ellas habían prometido protegerme. 

Entonces, no estabas sola, estabas con tus tías. Y me has dicho lo cariñosas y dedicadas que eran contigo. ¿Aún así te sentías sola?

Algo, sí. Mis tías me quieren mucho, y siempre me cuidaron, pero yo quería el cariño de mis padres. ¿Por qué me protegían mis tías y no ellos? Quiza… no me querían tanto, por eso me habían dejado al encargo de ellas. Quizá por lo mismo ellas me quieren tanto y me sobre protegen, no puedo casi ni salir sola por el bosque. 

¿No crees que esto que me dices lo estás suponiendo? ¿Realmente crees que tus padres no te quieren, que por eso te dejaron a expensad de tus tías?

Pues no entiendo qué podría separarlos de mi. Si yo tuviera una hija, yo misma la protegería de cualquier peligro, no podría imaginarme dejándola con alguien más.

¿Te has imaginado que quizá haya otra explicación para que tus padres no te cuidara personalmente?

Pues no imagino qué podría evitarles querer cuidarme. 

¿Y si fuera porque ellos se dieran cuenta que no te pueden cuidar como ellos quisieran?

¿Qué les haría suponer que no pueden cuidarme?

No lo sé, quizá un maleficio sobre ellos o sobre ti, ¿por ejemplo?

Yo creo que si fuera por algo así, entonces mis padres se dejaron engañar. 

¿Se dejaron engañar?

Sí, por más maleficio o hechizo sobre alguno de nosotros, nada destruye más que, de hecho, separarnos. 

¿Entonces crees que tus padres se equivocaron al sacrificarse por ti?

¿Sacrificarse por mi?

Sí, tú misma lo has dicho, si tuvieras una hija, no la dejarías por nada. ¿No crees que tus padres pueden haber pensando lo mismo, pero que decidieron sacrificarse y entregarte a quien sí te pudiera cuidar, antes que perderte?

Antes que perderme. Quizá, si decidieron mandarme lejos para protegerme, se hayan equivocado en su decisión.

Entonces crees que se equivocaron.

Sí lo creo. Creo que cualquier problema o maleficio puede enfrentase mejor juntos, unidos, cuidándonos los unos a los otros. Y no sólo lo creo. Lo viví.

¿Lo viviste?

Sí. El maleficio se cumplió y si nadie me detuvo porque estaba sola, enojada, triste de que no me dejaban hacer nada, y la única vez que algo me había hecho realmente ilusión, me lo querían quitar. No me querían dejar mis tías ir a ver a ese apuesto príncipe que había querido bailar conmigo. Las prohibiciones no sirven de mucho. 

¿No sirven de mucho? 

No. Yo hubiera entendido mucho más si me hubieran explicado porqué no debía salir, por qué tenían que tenerme vigilada.

¿Entonces también se equivocaron tus tías contigo? ¿Sólo tu tienes la razón?

Bueno, no. Sólo creo que de haber permanecido todos juntos habríamos podido enfrentar mejor el maleficio y todos nos hubiéramos sentido fuertes, por estar unidos, sintiendo además el apoyo y el cariño de todos.

Está por terminarse la sesión. Parece que podemos concluir por hoy que sea cual sea el problema, siempre será mejor mantener a la familia unida.

Así lo creo. 

lunes, 27 de abril de 2020

A secret I'm afraid to talk about / Writing exercise, Ch. 2

I have a secret I am scared to talk about
In fact, no one knows
until now
that you are about to find out

I have very greedy eyes

My eyes look for things that should be forbidden for them
Hidden things
Private things
Concealed things

Those things decency says you should hide from me
Those files on your computer you don’t want me to see
Those photos you took only for yourself
Those letters addressed to someone else
Those notes you took on your diary

My curiosity knows no bound
and, sometimes,
it misbehaves in a way
that makes me not too proud

What would people say?
Worst of all
what would people effectively hide away?

There is an undeniable delight
in getting away with knowing
the unknowable

I have very private things too

The letters
the photos
the memories
of my past self

I keep them, you see,
so that others
as greedy as me
should one day find themselves
delighted to steal away secrets
just like me

lunes, 20 de abril de 2020

Uno de esos días donde empecé a tocar fondo.

Estábamos a finales de año escolar, mi cuarto año dando clases en el Yaocalli. Recuerdo los largos pasillos, esos pasillos que había recorrido tantas veces como alumna y que ahora recorría como maestra. Era el Yaocalli, no "mi" Yaocalli porque para que lo fuera necesitaría que hubieran estado mis profesoras, las niñas de mi generación, pero era otro Yaocalli en el cual me sentía acogida, mi segunda casa, como lo fue por trece años de mi vida como alumna.

Esa semana algo se rompió, dejé de sentirme bienvenida y eso: cómo dolió.
En el transcurso de unos días mis dos jefas me habían mandado llamar. Primero fue la directora de secundaria. Recuerdo pasar a su oficina, muy iluminada siempre por el sol, ella como siempre, amable pero algo fría, es que cualquiera con ese peinado tan estirado, sin un cabello fuera de lugar, ya habla bastante de sí. No recuerdo bien todo el contexto pero me comenzó a hablar de la importancia de la preceptoría para las niñas, de lo importante que es para el Yaocalli tener buenas preceptoras, y me invitaba a ser preceptora de tiempo completo diciéndome que confiaban en mi para ser guía de las alumnas. ¿Y mis clases?

Me quitaban mis clases, mis horas se llenarían con preceptorías. No recuerdo que me haya preguntado si estaba de acuerdo en ya no tener clases. Supongo que era fácil convencerme cuando me ofrecía algo que también me importaba: la cercanía con las alumnas, poderlas acompañar en su día a día, estando al pendiente de ellas en todos los aspectos de su vida.

A los pocos días me llamó la directora de prepa. Esta vez en una salita oscura, a esa parte del edificio nunca le da luz. Por eso yo prefería quedarme a trabajar en la sala de profesoras de secundaria, además de que era amena la convivencia con algunas de las profesoras que habían sido mis maestras. Siempre muy cariñosas conmigo, me encontraba muy bien entre ellas.

Recuerdo menos el contexto que rodeó la plática con la directora de prepa pero sí sus últimas palabras, cuando un comentario me develó la verdad que yo no quería ver. Me proponía lo mismo, preceptorías en vez de clases. No pudo dar muchas razones porque ni siquiera es que me dijera que por mala evaluación de las alumnas sobre mis clases es que me estaban quitando las clases. Claro, no era por eso. Pero aún no quería aceptarlo. ¿Me iba a quedar sólo con preceptorías? En esos momentos yo no veía otras opciones era eso o quedarme sin mi trabajo, sin esa escuela que tanto quería, sin ese oratorio al que iba cuando llega y me vía, esas horas de estar frente a Dios y pedirle una y mil veces que me ayudara pero sin realmente comprometerme yo a dejarme ayudar. Acepté y le agradecí la oportunidad. No peleé por mis clases, en el fondo yo sabía por qué me las quitaban y su comentario final me lo comprobó. Se quejaba que a ella le habían dicho que tenía que hablar conmigo, le daba mucha pena ser ella la que me ofreciera esta propuesta. Realmente no sé porqué le daba pena si yo lo veo como que me estaban haciendo un favor: no me corrían, pero me ocultaban un poco más.

Ese era el verdadero problema, mi imagen. Estar tan flaca y así dar clases frente a niñas que ya de por sí en esas edades son muy vulnerables en cuanto a la imagen personal, muchas veces con problemas de autoestima por compararse con otras. Más grave si empezaban a compararse con una profesora con un problema grave de anorexia, aunque me costó casi una década reconocerlo.

Y así salía ese día del Yaocalli sintiendo que ya no era bienvenida, no por que no me quisieran, no por ser mala maestra, sino por estar como estaba: enferma. La verdad es que no sabían qué hacer conmigo, quizá esperaban que yo no aceptara esa propuesta y me fuera. Sé que ya hablaban de mi, alguna vez le preguntaron a mi hermana sobre mi estado de salud. Ellas no me corrieron, yo solita me corrí. Al menos así lo veo. Y así, tristemente, terminaron mis años en el Yaocalli y el refugio que había supuesto para mi esa segunda casa durante esos años de mis veintes en los que me sentía tan vulnerable y llena de miedos y culpas. Así toqué fondo por primera vez, aunque aún no del todo.

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Segunda parte del ejercicio: ¿Cómo me siento al leerlo en fuerte?

Noto que hablo bajo, no es algo que me guste contar mucho. Pero también noto que ya puedo hablar del tema, que es parte de mi pasado, pero ya no de mi presente. Me siento liberada de poder hablar del tema, de hacerle ver a la gente una parte vulnerable de mi. Dependiendo de quién me escuchara, en algunos casos me sentiría culpable aún, por ejemplo, con mi familia, porque sé que no fue fácil para ellos verme en esa situación, me inspiran compasión porque a veces me hirieron con sus comentarios y críticas, pero sé que en el fondo es porque ya no encontraban forma de ayudarme y así se desquitaban, me parece. No es algo que me hace sentir orgullosa, sigo cargando con culpa porque en el fondo me siento malagradecida con Dios, con mis papás, que tanto me han dado y yo, en vez de sacar lo mejor de mí, me estaba destruyendo. Y sigo cargando con algunos miedos respecto a mi salud. Pero hago lo está en mis manos, ya no me dejo guiar por esos fantasmas de la anorexia, esas comparaciones inútiles, y vivo, vivo agradecida cada día de mi vida.



Mi propia voz

Siempre se ha dicho que antes de encontrar un estilo propio, los artistas copian a otros autores. Por eso es que cuando uno lee una reseña d...